Filosofía

Para muchos los problemas de nuestro tiempo se reducen al paro, los bajos salarios y los desahucios. Niegan, o no les preocupa, que estemos ante una gran crisis civilizacional, de naturaleza de la sociedad y de configuración del ser humano, que va muchísimo más allá de la depresión económica y la retracción del consumo.

Las sociedades europeas, y las sociedades planetarias, están cada vez más jerarquizadas. Padecemos un Estado policial “protector” (fórmula destinada a velar la razón de Estado), una invasiva estructura parasitaria-coercitiva que cada año se apodera de una parte creciente de la riqueza social, privándonos más y más eficazmente de libertad, virtud y autonomía, colectiva y personal. La gran empresa multinacional ha devenido un macro-poder que no sólo ahoga la vida económica con su ineficiencia, voracidad, precios monopolistas, abusos mil y parasitismo instituido sino que invalida la libertad civil, política y de conciencia de las clases populares y del individuo. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación unen a sus usos fundamentales, los militares, la degradación de la relación entre las personas y el entontecimiento mental de las multitudes. Hoy el sujeto medio ha renunciado a vivir para mirar pantallas.

El régimen que organiza la Constitución de 1978, al que denominan “democracia”, es una dictadura política clásica, que se ejerce a través de los partidos, las elecciones, el parlamento, el sistema autonómico y las libertades formales. Todo ello niega al pueblo/pueblos las libertades, les imponen la dictadura de los bancos, el ejército, la policía, el poder judicial y el sistema educativo. Todo sistema parlamentarista y partitocrático es una dictadura, sea monárquica o republicana, se sustente en la Constitución citada o en otra que la sustituya, resultante de un nuevo proceso constituyente. Quien participa en el sistema político se hace parte de él, se convierte en una pieza más del orden de dictadura constitucional, partitocrática y parlamentarista. Forma la reacción política.

Hay, sin duda, una crisis de legitimidad del parlamentarismo y la partitocracia, que el proyecto revolucionario debe usar en su beneficio.

La juventud está siendo envilecida por el sistema educativo estatal y privado, así como por el “paternalismo” protector, familiar e institucional, que hace sumisos, irresponsables, débiles, amorales, conformistas, incultos e infantiles a los jóvenes. Ha desaparecido la moral de la vida social y personal, para dejar sitio a tres disvalores esenciales, la avidez de lograr poder sobre los demás, la codicia insaciable y la agresividad hacia los iguales. La actual crisis moral es una de las muchas que confluyen en la descomposición general del sistema. La guerra de todos contra todos progresa, trastornando las formas naturales de relación, afecto, solidaridad, apoyo y convivencia. La virtud cívica, o preocupación y compromiso por el bien común, se está esfumando, lo mismo que la virtud personal.

La voluntad de hacer la vida agradable a los demás ha sido sustituida por la agresividad verbal, que a menudo se justifica invocando la “sinceridad”. Las normas de cortesía y buenas maneras han dejado paso a procedimientos zafios, ofensivos, chocarreros, belicosos y torpes. El lenguaje se ha empobrecido y degradado hasta extremos pasmosos. Como consecuencia las relaciones interpersonales suelen ser una práctica difícil, desagradable e incluso dolorosa, contribuyendo a la desintegración del tejido social, por tanto, a erigir formas cada vez más patológicas de soledad y depresión. Sin duda, unas clases populares atomizadas, donde nadie intime con nadie, son las ideales para el sistema de dominación.

La cultura de creación popular ya ha sido destruida casi al completo, ocupando su lugar los subproductos de la industria del ocio y las logomaquias facturadas en la universidad. Por todas partes impera la soledad, la amargura, la tristeza, la anomia, la frustración, la falta de sentido y la depresión, con las personas forzadas a un autismo vivencial cuyo fundamento reside en que el igual es el enemigo, el Estado el ente protector y el dinero lo único que cuenta.

En estas condiciones el sujeto se está desintegrando, al ser reducido a una nada cada vez más sometida, aturdida, aflictiva, debilitada, ininteligente, enferma, acobardada, solitaria, vulnerable, angustiada, sufriente. Ése es el “ciudadano” del que tan ampulosamente hablan los políticos y los periodistas, una pobre criatura atrapada, de la que abusan y se mofan las élites del poder. En su desesperación existencial, la persona hiper-oprimida busca consuelo en el alcohol, los psicofármacos y las drogas “ilegales”, cuando no en las supersticiones y los fanatismos sectarios o clericales.

La constitución de una mano de obra extremadamente dócil y manejable, que saque a la productividad laboral de su actual estancamiento, y la creación de un sujeto del todo sumiso al poder político, son las metas que explican la asombrosa degradación del ser humano en el presente. Se pretende crear un subhumano funcional pero es posible que estén construyendo una criatura monstruosa, inútil para todo. En el desenlace del experimento se juega el futuro de la humanidad, lo que hace de ésta la cuestión más decisiva de nuestro tiempo.

El trabajo asalariado, la forma actual de esclavitud, que afecta al 85% de la población en los países europeos, tritura a la persona. El trabajo se ha hecho un suplicio porque es sin libertad, forzado, deshumanizado, coercitivo, carente de sentido, parcelado. Es el tiempo de la no-vida, la humillación, la desestructuración integral de la persona, la coerción y el desconsuelo. En tales condiciones se comprende que la productividad del trabajo esté prácticamente estancada desde hace decenios, lo que unido al despliegue de cada vez mayores expresiones de parasitismo y despilfarro, y a unos gastos militares, policiales, partitocráticos, adoctrinadores y funcionariales en ascenso, anuncia un futuro de pobreza creciente. Además, suben los impuestos, también para rescatar a los bancos y financiar a la gran empresa.

El Estado de bienestar, instaurado por el franquismo, ha sido un modo de sobre-explotar fiscalmente a los trabajadores pero ante todo de romper los vínculos naturales de ayuda mutua y relación interpersonal, para liquidar la comunidad popular, atomizar a las clases asalariadas y lograr el dominio, que se busca sea completo y definitivo, del ente estatal y la clase patronal. Ahora el fondo dinerario de reserva del Estado de bienestar está en rápida disminución, lo que unido a la crisis demográfica en curso, ocasionada por la desnatalidad, y a la creciente obsolescencia de la economía europea, hacen improbable que, a medio plazo, las prestaciones de aquél, en particular las jubilaciones, puedan mantenerse.

El Estado de bienestar primero rompió los lazos naturales de solidaridad y ayuda entre las personas e hizo al sujeto inútil para cuidar de sí mismo, y ahora anuncia que no será capaz de mantener asistida a la población… En un cierto plazo de tiempo, millones de personas van a ser paso a paso abandonadas a su suerte por el Estado protector, mucho más porque los recursos económicos existentes serán destinados a la reindustrialización, lo que originará una nueva revolución industrial de alarmante catadura. Todo ello tras expoliar a los pueblos pobres millones de personas, con el fenómeno de la emigración, decisiva operación de enriquecimiento de los países ricos a costa del Tercer Mundo que se cubre con hipócritas soflamas “antirracistas” y “multiculturales”. El Estado neo-patriarcal en curso es una virulenta manera de mantener la misoginia y la biopolítica, así como la infravaloración y desintegración de las mujeres con el victimismo como cuestión axial.

El sistema educativo arruina la inteligencia, voluntad, sociabilidad, sensibilidad, autoconfianza y autoestima del alumno, convirtiéndole en un sobreadoctrinado, en sujeto inculto, torpe, amoral y débil. La medicina institucional, la estatal igual que la privada, además de hacer cada día más ricas a las grandes empresas farmacéuticas, convierte a las gentes en enfermos sempiternos, en consumidores forzados de fármacos y tratamientos, en lo que es una espiral de destructividad que está dañando la salud física y psíquica de las personas. El pueblo ha sido degradado a populacho que anhela consumir y el ser humano a ser nada. Una minoría riquísima lleva una vida de derroche, caprichos y fasto, mientras que la gran mayoría siente envidia y desea ser como ella.

El sujeto común, lejos de ser meramente una víctima del sistema, en una alta proporción se ha hecho co-responsable activo del régimen de dominación política e hiper-acumulación de la propiedad. El capitalismo no son sólo los bancos, las grandes corporaciones y la empresa estatal, no es sólo lo externo a la persona corriente. Está también en el interior de cada cual, por lo que no hay sociedad anticapitalista posible sin lidiar contra el capitalismo interior. Definir éste con precisión y formular las vías para su contención y remoción es una apasionante tarea en buena medida por hacer.

La producción cultural y estética está en su mínima expresión al manifestarse agotadas las fuerzas creativas, al haberse constituido una sociedad sin ideales ni convicciones ni metas trascendentes y al ser el dinero y el Estado dueño de las mentes de intelectuales y artistas, con muy pocas excepciones. La cultura no puede prosperar en un orden de mercenarios, funcionarios y neo-funcionarios. Por doquier reina una incultura e ignorancia colosales, sólo comparable a la zafiedad y sordidez prevalecientes. Se está originando una ruptura, de consecuencias impredecibles, entre la juventud y los libros, cuyo responsable principal es el sistema educativo estatal-privado, una máquina anticultural descomunal. El colapso cultural que tuvo lugar en Roma en el siglo III, que llevó a la pérdida de buena parte de la cultura clásica, aquella que no fue salvada y transmitida por el monacato cristiano, se está repitiendo a una escala y rapidez mayores.

La cultura occidental está siendo desmantelada mientras los más horribles productos de la industria del ocio lo enseñorean todo. Religiones de tipo fascista acechan en la sombra, azuzadas y financiadas por el imperialismo y el gran capital europeo. Las elites europeas y estadounidenses reniegan de sus raíces culturales, promueven el hiper-criticismo sobre el pasado, reescribiendo la historia, y anhelan quitarse de encima la herencia cultural europea clásica, porque ya no toleran su parte positiva, en particular las nociones sustantivas de libertad, virtud cívica y autonomía del sujeto. El capitalismo, en su fase de hiper-concentración, necesita un individuo tan sometido, nulificado, depravado y sin inteligencia, que está en activa busca de nuevos paradigmas ideológicos y religiosos a imponer a las masas, sobre todo en Europa. Lo pertinente es no sólo rechazar el nihilismo cultural y defender la cultura clásica occidental sino desarrollar creativamente ésta, haciéndola de nuevo maestra de la vida y guía de las conductas.

Un espiritualismo prostituido se expande. Su lógica consiste en unir una supuesta espiritualidad y el dinero, haciendo de ello una actividad de consumo. Se mercadea con una espiritualidad sin ética ni valores, autista y egocéntrica, hedonista y eudemonista, centrada en la búsqueda exclusiva de la propia felicidad, con total desinterés por el futuro de la sociedad, el destino de la humanidad y el bien del otro. Un espiritualismo tan peculiar que espolea al sujeto a ser “feliz” conforme a los recetarios de gurús hiper-financiados mientras todo se desmorona en torno suyo… No hay espiritualidad auténtica sin rechazo del dinero, por tanto, sin voluntad anticapitalista, lo que otorga a aquélla una dimensión revolucionaria de facto. Porque espiritualidad y capitalismo son inconciliables.

El erotismo heterosexual es perseguido y el amor libidinal demonizado por ley. Las personas, en particular las mujeres, son forzadas a ser autómatas productivos y consumidores vehementes (mientras quede algo para consumir…) incapaces de amar, cada día más frustradas y más adictas a los psicofármacos. Los niños son aborrecidos y los ancianos abandonados. El egoísmo más primario y desalmado domina, en una sociedad de la malquerencia, la intrascendencia y la desintegración anímica.

 

La mundialización, entre sus muchas negatividades, tiene la de aplastar las culturas y las lenguas vernáculas en todo el planeta, que están desapareciendo. Una humanidad uniforme, sin variedad ni pluralidad, sin vínculos con el pasado y sin memoria, se anuncia en el horizonte. Se impone el inglés, idioma venerado por quienes se conciben a sí mismos como mano de obra, y mucho menos como seres humanos, a venderse en el mercado laboral al mejor precio.

Por primera vez en la historia, en 2007 la población urbana del planeta superó a la rural, lo que es un hecho de consecuencias preocupantes. Las megalópolis fuerzan formas de existencia y relación antinaturales, siendo causa de un buen número de disfunciones y enfermedades, del cuerpo y del espíritu. El crecimiento de las ciudades mide el auge de los poderes despóticos en la sociedad actual, por lo que únicamente puede ser frenado y revertido con la aniquilación revolucionaria de tales poderes y la conquista de la libertad para el pueblo/pueblos. Para abastecer a las metrópolis la agricultura industrial mecanizada y quimizada está dañando de manera alarmante los suelos, los bosques, la calidad de las aguas y la biodiversidad.

Con el fin de satisfacer la imperiosa necesidad de mano de obra asalariada (neo-esclava) eficiente que tiene el capitalismo contemporáneo se ha establecido la ideología del profesionalismo, en particular dirigida a las mujeres, según la cual el trabajo es el todo, o al menos lo esencial, de la existencia. Esto está creando un sujeto empequeñecido, desarraigado y mutilado, que no sabe estar fuera de lo laboral y carece de atributos, destrezas y virtudes personales sustantivas, exhausto siempre e incapaz de pensar en otra cosa que no sea el trabajo, un neo-esclavo perfecto. Con ello el ser humano está siendo convertido en un robot productivo, con la particularidad de que tal androide finalmente ni siquiera es lo bastante productivo, al estar multi-degradado.

En lo que la Constitución de 1978 denomina España se ha formado una sociedad caracterizada por la acumulación de lacras y taras, en la que los problemas y las disfunciones se amontonan, una formación social que es primera en casi todo lo malo y última en la gran mayoría de lo bueno, a la que alguien ha denominado sociedad aberrante. La causa inmediata de ello es la acción del franquismo durante 40 años y, luego, la acción del parlamentarismo bajo hegemonía del progresismo durante otros casi 40 años. Franquismo y progresismo nos han dejado esa pesada y temible herencia, una sociedad inaceptable, hórrida, que ahora hay que revolucionarizar.

El mundo está dominado por el enfrentamiento creciente entre EEUU y China, las dos superpotencias del momento. Un mañana de militarismo y guerras se anuncia en el choque, que hasta el momento es económico, político, tecnológico, diplomático y financiero pero que irá a más, pues EEUU, con mucho la primera potencia militar, no permitirá que su rival, adalid de un capitalismo intolerable dirigido por el partido comunista, quede vencedor. Son numerosas las fuerzas de la reacción y la opresión en todo el planeta, pero entre ellas destaca el Estado fascista islámico de Arabia Saudí, vasallo del imperialismo yanki, seguido de cerca por el no menos fascista Estado islámico de Irán, ahora aliado de USA. Uno y otro, calcos del régimen fascista de Franco e incluso peores en algún aspecto, son causa eficiente de la más sanguinaria forma de fascismo en la actualidad, el islamofascismo, que amenaza a las libertades básicas en todo el mundo en beneficio de los amos del dinero, EEUU y las petromonarquías en primer lugar. Por todo el planeta los pueblos resisten a las fuerzas desencadenadas de la tiranía y la riqueza concentrada pero por el momento los logros son limitados.

En esta situación, tan calamitosa como compleja, algunos tienen claridad sobre el remedio al sinnúmero de los males del presente, “la redistribución de la renta”. Con ello, al parecer, todo queda solventado… El significado real de tal propuesta es hacer admisible la dictadura del dinero con la distribución de limosnas entre la plebe, legitimando aquélla con más consumo. Tan burguesa y ramplona formulación irá quedando en evidencia a medida que la crisis general múltiple en desarrollo de las sociedades europeas avance. Representan el punto de vista de una buena parte de las clases trabajadoras hoy, que se han desentendido de los problemas de nuestro tiempo para concentrase en un único asunto, maximizar su consumo. Tal sector social es meramente un apéndice del régimen burgués.

Muchos, corrompidos intelectiva y emocionalmente por el hedor que proviene de la burguesía, quieren llegar a las multitudes y a cada individuo a través del estómago, cuando lo apropiado es hacerlo por el corazón y la cabeza.

Lo cierto es que estamos ante el holocausto de los valores de la civilización, la aniquilación de la libertad y la trituración programada de lo humano, para constituir un régimen perpetuo de barbarie, mega-opresión y deshumanización, que es la meta perseguida por los poderes políticos y económicos desde las revoluciones liberales. Esto requiere una respuesta global de naturaleza revolucionaria, que integre las medidas económicas, políticas, culturales, espirituales, éticas, estéticas, de autoconstrucción del sujeto y otras para proyectar un programa completo dirigido a relanzar la vida civilizada, reconstruir al sujeto, realizar la libertad y rehacerlo lo humano.

Esa es la idea, ideario, proyecto y programa de la revolución integral.

Es una formulación de una complejidad colosal, que se propone liquidar el capitalismo, desarticular el ente estatal y hacer que la libertad política, de conciencia y civil sea real de manera razonable. Es cierto que está, como propuesta, poco desarrollada todavía, pero esa tarea puede hacerse en el futuro. El momento es excelente para hacerlo, porque el fracaso de los viejos dogmatismos supuestamente revolucionarios está liberando a las mejores mentes de ataduras y prejuicios. Hoy tenemos una experiencia acumulada enorme, que aplicada a la transformación de las sociedades contemporáneas puede otorgar logros sustantivos.

En unas circunstancias como las actuales hay que atender al todo y no perderse en luchas por metas parciales, asuntos locales y cuestiones de segundo orden que, incluso siendo positivas en sí mismas, desvían a muchas personas, en general de bastante valía, de las metas revolucionarias, haciendo de ellas reivindicadoras de reformas que por sí mismas en nada, o en muy poco, pueden cambiar lo primordial de los males de nuestro tiempo. Las prácticas reformadoras, además, impiden constituir sujetos de calidad, debido a que la grandeza propia del ser humano no alcanza a realizarse en un marco de minucias y pequeñeces. Para autoconstruirse el sujeto ha de pensar, preocuparse, ocuparse y practicar el todo. No basta con ser rebeldes, no es suficiente con sumarse a tales o cuales insurgencias puntuales, hay que ser revolucionarios.

La tarea es ingente: repensar, reformular y rehacer una nueva civilización, un nuevo orden social y un nuevo ser humano. Tal es la meta de la revolución integral.

El proyecto y programa de aquélla está en buena medida por hacer, en efecto. No hay prisa, porque lo significativo es que se haga desde la investigación de la realidad y la experiencia transformadora, y que sea obra de muchos, tarea colectiva. Hay bastantes elementos objetivos que impulsan el desarrollo de una nueva concepción del cambio social y personal apta para el momento crítico en que estamos, cuando el capital y el Estado/Estados se proponen instaurar un régimen de dominación absoluta y definitiva. Si, en tales condiciones, existe la voluntad de desarrollar y practicar la noción de revolución integral, esto es, si se da el factor subjetivo, se podrán alcanzar logros de importancia.

Las viejas teorías sobre la liberación de las clases trabajadoras, urdidas en el siglo XIX, han manifestado en la práctica social su carácter desacertado, desde la revolución rusa hasta la guerra civil española, sin olvidar las revoluciones antiimperialistas de los últimos decenios. Como sistema de ideas están agotadas. Se trata de sustituirlas por una nueva cosmovisión de transformación total que incorporando lo positivo de aquéllas establezca un nuevo sistema de referencia y orientación para la práctica revolucionaria planetaria en el siglo XXI.

En particular, deben ser rechazadas las interpretaciones mecanicistas y deterministas del cambio social, que niegan la cardinal función del sujeto, de la persona, en la historia y en el presente. La persona es lo fundamental. Precisamente, la cultura occidental se ha caracterizado por otorgar un lugar central al individuo, noción medular ignorada por las tesis mecanicistas, supuestamente “científicas” pero en realidad expresión de la crasa ignorancia de la historia y de la realidad de su tiempo que padecieron quienes las formularon. Al teorizar de ese modo rompieron con nuestras raíces culturales, con los efectos prácticos observables, a saber, ir de fracaso en fracaso.

La propuesta de revolución integral recoge también la experiencia positiva de movimientos populares recientes, en particular el 15-M, enfatizando el superar su defecto cardinal, la debilidad del factor consciente y su incapacidad para ofrecer un proyecto de regeneración revolucionaria de la sociedad que vaya más allá de algunas reivindicaciones parciales. Quienes se comprometieron a fondo con el 15-M deben extraer lecciones de lo sucedido y derivar hacia lo que aquél no tuvo, metas trascendentales.

La revolución integral, más que un proyecto y programa es una cosmovisión, una forma de estar en el mundo. En lo personal es una persuasión a considerar la totalidad de lo real y de sí mismo con un enfoque revolucionario, buscando permanentemente lo nuevo, fusionando tradición con revolución, rechazando las manifestaciones caducas y superadas en todos los ámbitos de la existencia, innovando, creando, yendo siempre hacia adelante, aceptando responsabilidades y asumiendo riesgos, obrando por convicción interior y no por órdenes.

Su cimiento es la audacia reflexionada, el atreverse, el superar el temor para evitar el estancamiento y la rutina, el rechazar dogmatismos y fanatismos, siempre pendiente de la experiencia, de la realidad. Si todo eso se efectúa con la necesaria prudencia (inteligencia práctica), moderación y respeto por las personas y, al mismo tiempo, con confianza en sí mismo y en las propias potencialidades, se está obrando y viviendo de manera óptima.

No es, por tanto, el proyecto de revolución integral una propuesta politicista como tantas, que ignora al sujeto, el mundo interior y las fuerzas espirituales. No es, tampoco, una concepción intelectualista, menos aún racionalista o pedante, dado que considera como elementos primordiales de lo humano las emociones, las pasiones y la voluntad, por citar lo más concluyente del mundo psíquico. Similarmente, otorga a la convivencia y al sujeto convivencial, capaz de estar en comunidad y vivir con sus iguales en afecto y eficacia, una colosal significación, pues sin ello no puede haber colectivismo económico y social. Integral, en lo individual, es totalidad del yo, por eso rechaza los monodiscursos para optar por la multiactividad reconstructiva.

Las mujeres han de ocupar un puesto decisivo en la brega por la transformación total de la sociedad y el individuo. Su riquísima fuerza psíquica, su poderosa potencia física y su colosal capacidad para amar y dar son necesarias para reconstruir la totalidad de lo humano, que es de lo que se trata. Cuando todo se está desmoronado las mujeres han de afirmar su función de primordiales dadoras de vida y de continuidad.

Lo que hoy falta o está escasamente desarrollado en la cosmovisión y proyecto de revolución integral se irá autoconstruyendo, conforme a la práctica de autogestión del saber y el conocimiento. Se trata de ofrecer un proyecto de sociedad y un proyecto de sujeto, de aportar metas trascendentes y sublimes a una sociedad que carece de ellas, si se exceptúa las más egotistas, dinerizadas, ramplonas y burguesas. A una sociedad que padece por vacío ideológico, por falta de un proyecto global que vaya más allá de lo inmediato, la noción de transformación holística proporciona no sólo finalidad sino también esperanza.

La revolución integral es un acontecimiento en la historia, no fuera de ella, que está madurando y se realizará en el tiempo de la historia, diferente al tiempo biológico. En él está ya aconteciendo y ascendiendo pero no por necesidad, pues no hay ninguna fuerza que la haga inevitable, ninguna fantasmagoría providencialista que nos regale alguna sociedad fabulosa y perfecta puramente inventada, suposición que es un mero narcótico intelectual para sujetos que no creen en el ser humano.

Tendrá lugar por la decisión libre e informada de quienes aman la libertad, conforme a la formulación del filósofo E. Morin, “la acción es una decisión”. En efecto, la revolución integral, para ser, necesita ser elegida, escogida, decidida. Por eso su interpretación se sitúa en el mundo de la libertad, dejando los infantilismos deterministas, que anulan a la persona y niegan el libre albedrio, definitivamente atrás.

Lo significativo no es hacerse la pregunta sobre lo que va a suceder, siempre sin respuesta suficientemente fundamentada, sino acerca de lo que vamos a hacer y estamos haciendo. La revolución integral es eso, un esfuerzo y una lucha, un devenir mucho más que unos resultados. Sobre éstos la historia dirá pero sobre nuestra decisión respondemos nosotros.

 

 

FRACTURAS QUE

DEFINEN LO QUE SOMOS

(Apuntes para una estrategia)

“Puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que

sucumbe, pero jamás el que abandona el combate”

Thomas Carlyle

 

Texto de María Esteban Prado :http://prdlibre.blogspot.com.es/2015/05/fracturas-que-definen-lo-que-somos.html#more

Se preguntaba Simone Weil en una ocasión cual es el motivo de que los pocos prevalezcan sobre los muchos y que estos últimos se dejen avasallar por quienes son minoría y por ende habrían de ser más frágiles, y se contestaba ella misma a continuación que ello es consecuencia de que la minoría está unida y la mayoría separada.

No es un descubrimiento nuevo aunque se siga olvidando su importancia, para Roma la máxima “divide et impera” fue un principio estratégico decisivo.

Cuando el pueblo dejó de ser pueblo y se tornó “masa” abandonó la condición de sujeto colectivo para ser la suma de seres sin conexión entre sí que somos hoy.

La sociedad actual es el resultado de un conjunto de fracturas que representan el fracaso de todo lo colectivo y por lo tanto también la imposibilidad de hacer frente al sistema.

La fragmentación de la sociedad es infinita, la creación de grupos de intereses corporativos cada vez más específicos, la obsesión por las “minorías”,  los victimismos,  los derechos, las reivindicaciones y los perfiles identitarios cerrados son algunas de las formas que adopta la sociedad de las fracturas, la sociedad del desencuentro entre iguales, pero estos guetos no son naturales ni auto-generados sino que se han fabricado sobre los grandes desgarros que introdujo la modernidad.

Hablaré de algunas de estas brechas que conforman los ejes de las roturas sociales básicas hoy:

 

LA FRACTURA CONVIVENCIAL  ESTRUCTURAL

El pueblo fue el no-Estado, un “otro” molesto y amenazador cuando tuvo proyecto propio, instituciones, costumbre por encima de la ley, idiosincrasia y cultura distintiva y creadora.

Todo ello estaba inscrito en unas estructuras políticas (el concejo), económicas (el comunal ) y estrictamente convivenciales (el apoyo mutuo y las formas, ritos, fiestas y costumbres de la vida colectiva) pero estas maneras de relacionarse y organizarse eran la expresión de un modo de entender el sentido y significado de la vida humana y de un proyecto de comunidad  que permitiera llevarlo a cabo.

La destrucción de las bases materiales de la sociedad popular, la persecución de todas las instituciones que lo sustentaban, ha sido el centro del proyecto estratégico del Estado. De ese proceso histórico de demolición de todas las estructuras convivenciales traté en “Sobre el sujeto de la revolución” http://es.scribd.com/doc/143644195/Sobre-el-sujeto-de-la-revolucion-Reflexion-sobre-estrategia-Prado-Esteban

Los instrumentos para desmontar una estructura que se mantuvo durante siglos y que ha sido desmantelada en un periodo sorprendentemente corto han sido la ley (que se apoya en los instrumentos de la violencia que permiten imponerla), la represión por la violencia  y el adoctrinamiento por un lado (todo ello tratado en “Sobre el sujeto de la revolución”),  y por otro la transformación de los cimientos de la vida colectiva.

Tal vez una de las armas más importantes en este proceso  fue el masivo desplazamiento de población desde el campo a la ciudad y la rotura con ello de la comunidad vecinal. El espacio de la ciudad es naturalmente desordenado y dislocado así como la vida en ella a la que le falta unidad porque está sustancialmente fragmentada en actividades y situaciones alejadas entre sí física y estructuralmente.

Otro fundamental golpe fue el trabajo asalariado que es trabajo gregario pero no colectivo, en la empresa capitalista cada obrero es ajeno a los demás, se relaciona con su parte de tarea, con las máquinas y con los superiores jerárquicos. Como no se decide nada sino que todo viene establecido desde arriba nada se discute ni se acuerda entre los pares y por lo tanto el sujeto es siempre un solitario frente a su labor.

Pero el más letal fue la creación del “Estado del bienestar”, una auténtica bomba en la línea de flotación de la socialidad popular que hizo a todos independientes de sus iguales y asociados al Estado de forma trascendental. El Estado del bienestar desmanteló las obligaciones vitales que ordenaban la sociedad del pasado y devastó la última célula de vida afectiva, la última institución natural que había sobrevivido del desastre, la familia.

La casi completa mercantilización y burocratización de las necesidades vitales ha sido el último acto de esta tragedia.

La convivencia no es una idea o una emoción, descansa sobre las ideas pero se sustenta en una base material de interdependencias, proyectos y trabajos comunes, cercanía física, obligaciones y compromisos y amor en obras. Desgajado de su materialidad pierde fuerza y desaparece. Por ello el desmantelamiento de las bases estructurales de la convivencia popular fue el motor decisivo del desmoronamiento de la convivencia en sí.

La fractura convivencial es uno de los mayores éxitos del sistema, es también una de las causas de mayor dolor y enfermedad social y personal del momento, pero,  hoy por hoy sigue siendo una situación insuperable.

A la fragmentación social se añadió la fractura ideológica, esta aparece en la forma de religión secular o religiones políticas que han sido otra de las creaciones letales de la modernidad liberal. El “derecho” al voto fue el instrumento para dividir a los de abajo introduciendo a través de las adscripciones ideológicas el veneno del doctrinarismo, la intolerancia y la enemistad entre iguales.

Carl Schmitt, en “El concepto de lo político”  define la política como el arte de señalar al enemigo, y así es, efectivamente, el sistema de partidos que se basa en la polémica y el enfrentamiento. No se trata de discutir sobre la veracidad de las cosas, sobre el bien o lo eficaz sino oponerse en todo al otro y maximizar el antagonismo, así es como funciona el parlamento y todas las instituciones de la partitocracia.

En esencia estas guerras son solo un espectáculo puesto que el Estado tiene una unidad esencial en sus proyectos estratégicos. Esta teatralización forma parte de la manipulación de las masas de votantes que son adoctrinadas en el permanente conflicto y el dogmatismo más hosco.

El “homo politicus”  es la nueva criatura del Estado que hace (o debe hacer) de las afinidades ideológicas el eje de su existencia, por ello el sistema de partidos es el más eficaz  creando división en el pueblo, enfrentando a los pares en conflictos que son en realidad guerras ajenas,  guerras que se libran en nombre de las doctrinas, las creencias  y los dogmas, y que favorecen siempre a quienes dictan la ortodoxia  y tienen la potestad de perseguir las herejías.

La trituración del sujeto a través del trabajo asalariado, la especialización, el adoctrinamiento y la ausencia de libertad permite su manipulación ideológica y política, por lo tanto el sistema partitocrático precisa que cada uno de nosotros nos achiquemos hasta el infinito.

Por el contrario la realización del pueblo solo puede darse en la superación de las ideologías, a partir de un ideario que implique la tolerancia, la búsqueda colectiva de la verdad y la justicia como valores superiores al interés particular o corporativo, la convergencia sobre las necesidades vitales, el respeto a la diversidad, el ascenso de lo privado y lo individual que es la base de la vida cooperativa,  la autogestión y la autoconstrucción.

La revolución tiene que recuperar la noción de amistad como valor superior a la ideología, un valor que permite la fusión de los afines y los discrepantes en la lucha común por desentrañar la verdad y buscar la mejora social que permite la escucha y busca la suma de todo lo bueno y lo bello que produce una sociedad dada con independencia de su origen.

LA FRACTURA GENERACIONAL

La generación de quienes tienen hoy menos de 30 años posee una particularidad terrible, carece de raíces en el pasado, es una generación que se ha desgajado completamente de la historia,  una generación forjada en “lo nuevo”. No se trata de una generación rupturista puesto que ellos no han roto con un pasado que desconocen por completo, simplemente ha nacido fuera de los parámetros en que han vivido sus ancestros y de la línea de continuidad de la historia.

La ruptura generacional se fraguó a lo largo del siglo XX. Generación tras generación se fueron ampliando las corrientes rompedoras, juvenilistas, modernizadoras. El término tradición y mucho más el vocablo conservador tomaron tintes de extrema negatividad más allá de todo análisis o rigor sobre su significado real.

En contra de la creencia común la exaltación de los movimientos juveniles tuvo algunos de  sus máximos exponentes en el fascismo y el nazismo que crearon potentes movimientos juveniles que buscaban integrar a las nuevas generaciones en un vínculo casi religioso con el Estado. En 1933 Hitler declaró en Keel que cuando un adversario le decía que no estaría nunca a su lado él le contestaba “tu hijo ya nos pertenece”.  El franquismo hizo lo propio creando el Frente de Juventudes  en 1940, continuación de las organizaciones juveniles anteriores de la Falange Española.

Los movimientos contraculturales de los sesenta, mucho más agresivos y con un distintivo ideológico contrario fueron, sin embargo, continuistas en lo esencial con los anteriores. En el Estado español colaboraron con el régimen de Franco en el acoso al mundo rural, la tradición y el pasado popular y en la exaltación de lo urbano, lo nuevo y lo moderno. Gracias a esa coyunda entre el franquismo y los que se decían anti-franquistas se consiguió expulsar a seis millones de personas del espacio en el que nacieron y en el que vivieron y murieron sus ancestros, para poblar las ciudades y las fábricas y oficinas del régimen.

La vida urbana y la salarización de la mayoría de la población masculina primero y luego también de la femenina y la universalización de la educación para todos los niños y niñas y los jóvenes cambió sustancialmente los modos de vivir y la familia. El franquismo fue el auténtico artífice de la destrucción de la familia (http://prdlibre.blogspot.com.es/2012/06/una-nueva-reflexion-sobre-la-familia-en.html) que nunca más volvería a ser la institución potente y autoconstruida que fue en el pasado.

Los  jóvenes actuales son, en lo esencial, una construcción del sistema educativo y la industria de la conciencia y del entretenimiento. Para que esto pudiera hacerse había que hacer retroceder a la comunidad que educaba y a los padres y madres que protegían a su prole y les enseñaban el mundo, la vida, los valores básicos con los que enfrentarse a la existencia y la supervivencia. Para las nuevas generaciones la verdad, los valores y la vida son asignaturas, conocimientos librescos, nada.

La divergencia  respecto a esta gran revolución negativa es tan pequeña que resulta insignificante, en lo esencial se ha consumado una rotura que es civilizacional y que significa la pérdida de conexión con los saberes, habilidades, emociones y proyectos forjados durante siglos y en los que cada generación se involucraba asumiendo lo creado por sus mayores de forma creativa y constructiva lo que significa que podía mantener unas partes, desechar otras y aportar lo propio de su tiempo.

Además de la desaparición de la familia la perturbación del nacimiento es otro factor decisivo en la aparición de un ser desgajado de su raíz. La intervención sobre el embarazo, el parto y la crianza ha tenido un crecimiento espectacular en los últimos sesenta años.

La sustitución de las mujeres de entorno y las parteras como principal sostén de la embarazada por los médicos y los hospitales fue iniciada por el franquismo al mismo tiempo que en el resto de Europa. Antes, desde el año 1939, la Sección Femenina de Falange comenzó a impartir clases sobre cuidados en el embarazo, el parto y la crianza, a poner en cuestión todo lo que las mujeres sabían para “enseñarles” (ellas que no tenían hijos) los fundamentos de la crianza.

El franquismo creó un modelo de madre adoctrinada para servir a los hijos sin amor, volver la espalda a sus raíces y escupir sobre su pasado, educar a sus hijos e hijas para romper con ese pasado y pensar únicamente en el medro, el ascenso social y el dinero, no obraron así todas las madres pero lo hicieron las suficientes para cambiar radicalmente la sociedad de su tiempo. Sus hijos e hijas fueron los artífices de la ruptura con el mundo de sus abuelos y sus padres. Pillados entre la falsificación franquista de la tradición, el auge de la contracultura y las carencias afectivas, celebraron la modernidad que avanzaba  y se sintieron más libres de la carga de la historia.

Esa generación pasó más años en el sistema educativo que ninguna otra en la historia hasta entonces, pero no tanto como sus hijos, los jóvenes de hoy, que han sido abducidos por la escuela y la ingente industria de la conciencia, la publicidad, las redes e internet,. Dominados por un sistema cada vez más enloquecedoramente adoctrinador y destructivo han sido despojados de todo conocimiento auto-construido, de toda conexión con la propia experiencia y realidad, desposeídos de lenguaje, emociones e ideas propios y no estereotipados, literalmente vaciados de todo saber genuino y de las habilidades y capacidades que se conquistan por la propia acción, la observación, la imitación y la relación con los iguales.

Se espera de ellos que no tengan mundo interior, raíces ni afectos que les sujeten a la tierra, que sean mudables y nómadas según las necesidades económicas del capitalismo o las estrategias políticas del Estado, por eso miles de ellos, ahora, abandonan su tierra para poblar otros países con la única aspiración de un salario que les  procure un consumo de bienes y productos algo mayor que en el solar de sus mayores.

Hasta tal punto se ha roto la línea de continuidad entre las generaciones que se ha perdido el lenguaje común incorporando al idioma una avalancha de tics y tópicos, vocablos polivalentes e indefinidos y términos  tomados sobre todo del inglés que sería ininteligible para nuestros abuelos. Se han transformado los actos humanos primarios, el acto de comer, de copular, de parir, de criar, las formas de vivir, divertirse, todas las  experiencias que constituyen la trama más elemental de la vida son hoy profundamente diferentes de lo que fueron para nuestros abuelos.

No obstante siguen quedando resistencias sordas e hilos de conexión y de conciencia que afloran en forma de islas en una sociedad cada vez más homogénea pero todavía no totalmente uniformizada. Aparecieron también estos síntomas en las acampadas del 15M en las que la cualidad de ser  inter-generacionales fue celebrada por todos. Pero la rápida derrota del movimiento de mayo fue un empujón a nuevos avances en la destrucción de la juventud y la ampliación de la fractura.

LA FRACTURA ENTRE LOS SEXOS

No es nueva la guerra entre los sexos, el Estado ha usado el enfrentamiento entre mujeres y hombres de forma recurrente a lo largo de la historia, pero la actual contienda se ha exacerbado tanto, ha generado un grado tal de destrucción, que amenaza con liquidar la especie.

El patriarcado siempre ha separado a los sexos, siempre ha establecido fórmulas de división y enfrentamiento y jerarquías sociales que sostengan las jerarquías políticas. Es lógico porque cuando las mujeres y los hombres estuvieron unidos y se sintieron concernidos por los problemas de todos el pueblo fue fuerte y no sumiso. En nuestro suelo las mujeres y los hombres del pueblo en la sociedad medieval y preliberal, e incluso hasta la guerra civil, compartían todos los problemas de la vida y los enfrentaban juntos, eso les hacía duros y tenaces  frente a la opresión.

La nueva guerra de los sexos consiste en culpar a los hombres de ser el origen de la dominación sobre las mujeres y exculpar al Estado de cuya ley proviene, al menos en Occidente,  lo esencial de la opresión femenina (este tema lo hemos abordado Félix Rodrigo y yo en “Feminicidio o auto-construcción de la mujer” con una fundamentación exhaustiva)

El Código Civil de 1889 estableció por imperativo legal la subordinación de la mujer al hombre en el matrimonio y su limitación en la esfera social a la vez que la obligación del varón de protegerla y alimentarla, convirtiéndola así en una menor de edad permanente. Hasta esa fecha y desde 1820 el pueblo había luchado contra la codificación y a favor de su derecho consuetudinario que era no romano y no patriarcal, lucharon hombres y mujeres unidos contra la preterición legal de la mujer, la destrucción de la familia extensa y la intromisión del Estado en la vida privada igual que lucharon unidos contra la conscripción masculina y las Quintas.

El Código tuvo una aplicación escasa hasta la guerra civil, las limitaciones legales a las mujeres para firmar contratos o tener cuentas bancarias afectaban a las de las clases altas pero no al pueblo, especialmente en la ruralidad, cuyo uso siguió siendo hacer los tratos sin pasar por los trámites administrativos del Estado, mantener la costumbre de tomar decisiones en familia (no solo contando con la pareja sino también con los hijos desde edades tempranas) y sostener los vínculos como habían sido tradicionalmente con independencia de la ley positiva del Estado.

Fue el franquismo el régimen que consiguió hacer del Código Civil de 1889, que no fue derogado en la II República y que aún hoy sigue vigente, una ley aplicada realmente a la vida del pueblo. Muchos actos de la vida comenzaron a ser sometidos a control e intervención del Estado, incluyendo la organización de la familia.

El régimen de Franco fue pionero en la expansión de la fractura entre los sexos. En 1948, en el momento más represivo del régimen, se publicó “La secreta guerra de los sexos” de María Lafitte, condesa de Campo Alange. Ese texto profundamente sexista presenta al patriarcado como la consecuencia de una rebelión de los hombres contra las mujeres. Muy poco se diferencian sus tesis fundamentales de las que defenderá Simone de Beauvoir en “El segundo sexo” publicado un año después, en 1949, y que cita la condesa elogiosamente en la segunda edición de su libro en 1950.

Tanto la aristócrata feminista como la Sección Femenina, que en sus informes acusaba a los hombres de la ruralidad de maltratar a sus mujeres, fueron eficacísimas colaboradoras en el asentamiento del régimen. Acusan de machistas a los varones del pueblo y especialmente a los de la ruralidad porque fueron los más beligerantes contra el nuevo régimen. Sus calumnias se vierten sobre los hombres que tomaron las armas en el maquis, que fueron el 95% de los fusilados, que poblaron las cárceles de Franco, sobre los miles que murieron en el año 1941 en una extraña epidemia de latirismo mediterráneo que solo afectó a varones jóvenes, es decir, a hombres que se envenenaron comiendo únicamente almortas  para dejar la poca comida decente que podían conseguir a sus mujeres, seguramente embarazadas o lactantes, y a sus hijos pequeños.

Pero el feminismo androfóbico no conoce fronteras ideológicas, antes que ellas Mujeres Libres durante la guerra civil denunciaba el machismo  de los hombres del pueblo que tenían cientos de miles de bajas en las batallas (130.000 en la Batalla del Ebro), mientras apoyaba y aplaudía la retirada de las milicianas del frente que justificaron con un argumento machista que niega la capacidad y responsabilidad de las mujeres en la lucha por la libertad al decir que “reconociendo su propio valor como mujer, prefirió cambiar el fusil por la máquina industrial, y la energía guerrera por la dulzura de su alma de mujer”.

El franquismo fue pionero en institucionalizar la política para las mujeres y crear el primer feminismo de Estado, por eso no es de extrañar  que buena parte del feminismo ortodoxo del presente se haya empezado a quitar la máscara y se deshaga en elogios a la Sección Femenina de la Falange como por ejemplo Manuela Carmena de Podemos.

El nuevo patriarcado estableció la separación radical entre las mujeres y los hombres y la custodia y tutela de las mujeres por el Estado. La influencia del poder sobre la vida social a través de las mujeres se incrementó considerablemente y en numerosas ocasiones fueron movilizadas para llevar a cabo proyectos de enorme envergadura como fue la despoblación rural y la masiva emigración a las ciudades.

En 2004, cuando se aprobó por unanimidad en el parlamento español la Ley de violencia de Género las relaciones entre las mujeres y los hombres estaban ya dañadas irremediablemente, el nivel de incomprensión, desencuentro y desconfianza era tan alto, el resentimiento y el miedo tan poderoso -en las mujeres porque habían interiorizado la idea de un agravio histórico universal y sádico del grupo de los varones sobre ellas y en los hombres porque desconfiaban de sus compañeras y de sí mismos- que no ha habido ni el más mínimo atisbo de lucha común contra una ley que lejos de ser un error escondía uno de los más ambiciosos proyectos de ingeniería social llevado a cabo nunca.

El programa de la ley incluía, entre otras cosas, la reescritura de la historia e incluso de la biografía de millones de mujeres y de hombres, el desvanecimiento de la realidad velada por un muro de dogmas, mentiras y medias verdades, y mucho más que eso, la creación de una corriente de depravación social por  la desaparición de la idea de justicia y equidad como valores universales y la naturalización de la mentira, el odio y la venganza como formas corrientes y aceptadas de tratar los desacuerdos.

Estos han sido ingredientes, junto a otros muchos tanto ideológicos como estructurales, de un avance de la violencia entre las mujeres y los hombres que se ha hecho bidireccional y cada vez más simétrica, más grave y más significativa.

Entre las estructuras de vida que han colaborado a la crisis de la relación entre varones y mujeres se encuentra el trabajo asalariado que, al separar (en general) físicamente durante un tiempo creciente a los amantes los hace cada vez más ajenos y lejanos. También la mercantilización de casi todos los productos y actos para el sostenimiento de la vida; los cuidados que antes se recibían en el seno de la familia cargados de compromiso  y afecto, ahora se compran como productos manufacturados o servicios de expertos desprovistos de todo valor afectivo lo que genera un sentimiento de carencia y hambre de amor permanente lo que es fuente de desencuentro e incluso de agresión.

La caída de los nacimientos es otro factor importante en estos procesos. Las criaturas han sido en el pasado tanto causa como consecuencia de la cohesión social y de la permanencia y duración de los vínculos entre mujeres y hombres. Hoy, con 1,2 hijos por mujer la sociedad no solo no es viable por la inversión de la pirámide  demográfica sino por la deshumanización de la vida. La falta de la infancia en la cotidianidad social crea sujetos tristes y solitarios por naturaleza. Los vínculos entre los hombres y las mujeres cuando faltan proyectos comunes trascendentes, y los hijos lo son, son más difíciles y menos duraderos.

Otro germen de dolor y alejamiento entre los sexos es el declive  de la vida erótica. El descenso en calidad y cantidad de la vida sexual es una realidad que se oculta por la credulidad de quienes admiten el relato de los medios que afirman que vivimos en una sociedad que ha superado la represión sexual del pasado. Como en tantos asuntos la realidad inventada tiene más fuerza que la experiencia que calla y desfigura y la mentira se sostiene por la vergüenza y el aturdimiento que sufren quienes creen ser excepcionales en su desgracia sin comprender que no viven otra cosa que el signo de los tiempos. Tanto el deseo, como capacidad del alma afectiva y emocional como las condiciones físicas como potencia y voluntad del cuerpo han sido gravemente dañados por un conjunto de factores orgánicos, emocionales, ideológicos etc. que son tan complejos y forman una barrera tan tupida que serán muy difíciles de superar.

La médula de la sociedad humana, cuando ha existido como sociedad horizontal y no de castas y jerarquías, han sido siempre los vínculos derivados del Eros, desde ellos se amplía la vida afectiva y social del individuo en círculos concéntricos cada vez más amplios, desde la intimidad casi simbiótica de quienes comparten sangre y origen hasta los sentimientos más universales de pertenencia a la humanidad. Al romper el vínculo sexual entre mujeres y hombres se llega a destruir la entraña de la vida civilizada conocida hasta el presente ¿Qué vendrá después? No lo sabemos.

LA FRACTURA DE LA HISTORIA

Hasta el hace poco cada sujeto vivía en la línea de continuidad del tiempo que se mantenía por la memoria colectiva, la cultura heredada, la transmisión oral, la recuperación de las mejores obras escritas en el pasado, el legado literario y arquitectónico, la tradición oral, los objetos, la ley no escrita de la costumbre y también a través de los libros, la historia narrada, la filosofía y, durante mucho tiempo, la religión.

En los breves momentos en que se fusionó la tradición culta de la historia y la filosofía clásica con la tradición del pueblo, como por ejemplo en monacato revolucionario de la Alta Edad Media, la capacidad de transformación y revolución se proyectó enormemente, la separación entre ambas robó trascendencia y altura de miras a la cultura popular  y fue causa, sin duda, de su derrota final.

Siempre fue el individuo un individuo inscrito en una línea de continuidad con el pasado pero  el Estado emergente de la revolución liberal tenía la potencia suficiente para romper ese continuum y decretar el inicio de una era completamente nueva, en Francia lo hicieron  materialmente cambiando incluso el calendario.

Pero quienes llevaron hasta sus límites la idea de reescribir la historia fueron  precisamente las revoluciones proletarias que llevaron hasta sus últimas consecuencias el programa político de la revolución liberal y el capitalismo como denuncia Orwell en “1984”.

La rotura de la sociedad popular exigía romper la permanencia de las instituciones del pasado, el recuerdo de la forma y manera como se habían organizado los antiguos, rasgar la memoria para que apareciera  el presente como único existente. Los liberales acuñaron el término de la “Edad oscura” para definir el tiempo en el que se habían creado los fundamentos de su enemigo natural, el pueblo, vertió ríos de tinta sobre el carácter supersticioso y fanático de esos tiempos. Su anticlericalismo era, antes que nada, un odio compulsivo por el cristianismo popular de la sociedad de los concejos y los fueros, puesto que con la jerarquía eclesial de su tiempo tenía el Estado liberal las mejores relaciones posibles.

El proyecto de despoblación rural incluyó una nueva ofensiva en este asunto. Aunque el plan lo gobernó el franquismo el mayor peso en la construcción de la mentira sobre el mundo rural lo llevaron los intelectuales y artistas de izquierda que escupieron su ponzoña durante años acusando a los habitantes del campo de ser incultos, zafios, machistas, groseros, violentos e inhumanos.

La devastación arquitectónica que produjo el gran movimiento de población de mediados del siglo XX, borraron la huella material de los ancestros, muchos pueblos se derrumbaron literalmente, las ciudades demolieron los antiguos edificios para construir enormes barracones verticales en los que alojar a sus nuevos habitantes. El paisaje cambió. Cada generación vivía en un nicho que se parecía poco o nada al que recordaban sus mayores lo que estimulaba la rotura generacional.

Si hasta entonces la vida de  un sujeto cualquiera se producía en un proceso de continuidad y cambio pero siempre sujeto a la persistencia de elementos de fusión con el pasado, de repente esto cambió. Las modas, la cultura, los rápidos movimientos juveniles aceleraron los cambios (que ya no eran dirigidos por sus propios protagonistas sino creados en los gabinetes del poder).

El nuevo patriarcado, fundado sobre el enfrentamiento entre los sexos, elaboró también su propia versión del pasado para culpar a los hombres del pueblo de las desgracias de las mujeres.

Es así que el sujeto del presente ha perdido toda referencia cultural e histórica. Su memoria está atrofiada, el paisaje en el que vive es de creación tan reciente que nada dice del pasado.

Se ha producido de forma real y no figurada el fin de la historia

LA FRACTURA DEL SUJETO

En el camino de romper, disgregar y atomizar se ha llegado hoy a las cotas más altas y destructivas, el poder anida en lo más recóndito de cada individuo y va fragmentando su pensamiento, sus emociones, su voluntad y su existencia. Es el propio yo el que está sumido en una fractura interior, en una profunda esquizofrenia entre lo que siente, dice, piensa y hace.

¿De dónde procede esa personalidad quebrantada y herida? Los factores son múltiples y complejos y tienen una potencia descomunal porque se afirman y multiplican en su interacción.

La capacidad de injerencia en la vida que tiene hoy el sistema es más potente que en ningún otro momento de la historia. Nada sucede en la vida de una persona hoy por voluntad de ser o gana, todo está pautado, organizado y decidido casi desde la concepción pues incluso la experiencia intrauterina es supervisada por los expertos.

Las criaturas son intervenidas desde su nacimiento, pediatras, matronas, enfermeros, autoras de catecismos de crianza, expertos y especialistas pesan, miden, normalizan y reglamentan todas las funciones del bebé y la madre.

Una parte cada vez mayor ingresa en el sistema educativo casi recién nacido y es obligado permanecer en él hasta la juventud e incluso más allá pues llegan al inicio de la madurez a estar todavía en la universidad, allí serán disciplinados y adoctrinados por un número de años tan alto que conseguir la libertad de conciencia y el pensamiento propio será una tarea casi sobrehumana.

Se inician en la vida adulta cada vez más tarde por ello carecen de experiencia y voluntad en las etapas más fértiles y enérgicas de la vida. Esto refuerza la fractura generacional porque, lejos de sumarse a las generaciones anteriores en la lucha por la supervivencia y por la mejora del entorno recibido, permanecen infantilizados durante un largo periodo, ajenos a sus mayores, viviendo en un mundo tan cómodo como falso.

Sometidos no por la fuerza de la represión sino por el amaestramiento espera el sistema que sean los esclavos felices. No tienen ideas propias y se doblegan a lo políticamente correcto o a cualquier doctrina que les vendan ya terminada por pura pereza.

Desde que el Estado intervino la familia, lo que se hizo eficazmente aquí en el franquismo, las carencias afectivas han sido el sino de casi cada criatura que llega al mundo, la madre franquista, trasmutada en ama de casa frustrada, neurótica por el achicamiento existencial de la vida doméstica, y la madre del post-franquismo agobiada y descompuesta por jornadas laborales extenuantes, sin energía para cuidar a su menguada prole cuya crianza, a pesar de ello, exige cada vez más esfuerzo y sacrificio, comparten la misma condición de haber trocado la atención y el amor por los fríos servicios a los hijos, las más mayores actuando de criadas, las otras de chóferes y financiadoras de las múltiples actividades, y ocupaciones de sus vástagos. El sujeto de nuestro tiempo ha recibido más atenciones que las generaciones que le precedieron y sin embargo permanece siempre hambriento de amor. Esa condición de indigente afectivo le hace frágil y maleable, necesitado de reconocimiento exterior y mirada sostenedora y por lo tanto heteroconstruido.

La identidad personal no resulta ya del recorrido vital, la experiencia y la búsqueda esforzada de un sentido a la vida. La identidad es manufacturada en la industria de la conciencia, fabricada en serie como patrones de clasificación de personas. En la sociedad de las etiquetas unos se nombran por su profesión, otros por su ideología o por su  condición sexual. Cortan y recortan, retocan, liman y corrigen sus contornos para someterse a la taxonomía de las identidades, a la norma de la fabricación en serie.

Todas estas cosas pueden hacerse porque hay una estructura que sostiene el mal y lo multiplica. Un caso es la especialización a que se somete al individuo hoy que rebaja su capacidad para comprender el mundo puesto que hace que los conocimientos pierdan su carácter transformador al quedarse fuera de un contexto proyectivo y práctico. El conocimiento queda así también fragmentado, roto e inerme como potencia regeneradora. De manera que las generaciones “más preparadas” de la historia son también las más incultas y las más impotentes porque solo saben de la parte, de lo parcial de lo casi infinitesimal de algún asunto, desconociendo todo de lo global.

La pérdida del lenguaje es la consecuencia natural de no tener con quien comunicar y carecer de elaboraciones mentales propias, es decir, no tener qué comunicar. Por eso el lenguaje de la sociedad actual es estereotipado y confuso salvo cuando se trata de recitar de memoria consignas o tópicos. Esta condición estimula el crecimiento de las religiones políticas del presente que se basan precisamente en la monótona cantinela de un estribillo recitado de memoria.

Esta nueva criatura carece de instrumentos para resistir al mal y por lo tanto ha de someterse a él. No está unido a los otros, no conoce la realidad, no tiene capacidad de satisfacer casi ninguna de sus necesidades básicas que ha convertido en mercancías que compra en el mercado.

El individuo de este siglo es un enclenque en su cualidad humana, las fracturas que se produjeron anteriormente le han robado los ejes en que se sostiene la fuerza individual, no tiene un entorno afectivo y humano que le apoye, conoce las mayores dificultades para establecer vínculos afectivos duraderos  y un porcentaje muy alto no tendrá hijos. Es huérfano de forma trascendental porque no comparte casi nada con sus progenitores y porque se ha emancipado de la historia, sus conocimientos no son válidos para la supervivencia porque sabe de la parte pero no del todo, no puede comprender la realidad por sí mismo y necesita que le descifre el mundo la autoridad, no sabe vivir sin la protección y ayuda de las instituciones políticas, lo delega todo a través del voto y el dinero que le proporciona servicios y productos de mercado. Es, por lo tanto, un solitario ontológico, completamente independiente de sus pares y siervo dependiente del Estado y de la empresa y un incompetente para la supervivencia porque su inteligencia está quedando atrofiada por la falta de esfuerzo creativo.

Llegados a este punto es obvio que las tres dimensiones de lo humano que citaba Zubiri, la personal, la social y la histórica están hoy profundamente dañadas, lo están de una manera tan significativa y profunda que no sabemos si la situación es reversible.

Las roturas infligidas a la sociedad humana son trascendentales, tienen un carácter civilizatorio pero en el momento presente pueden afectar incluso a la evolución de la especie.

Las grandes transformaciones estructurales tendrán una repercusión en la cualidad somática de las siguientes generaciones. El ser humano domesticado está perdiendo cualidades esenciales, como pasó a las ovejas que tras la domesticación perdieron masa cerebral en muy pocas generaciones, la humanidad puede estar a las puertas de una mutación radical de sus capacidades y sus funciones más propias.

Que la cópula humana comience a ser un acto excepcional sometido a la intervención de los expertos, que el nacimiento sea cada vez más artificializado o  que las mujeres pierdan su capacidad de dar a luz por sí mismas ha transformado todos los procesos somáticos que presiden esos actos, procesos que están asociados a episodios afectivos y vinculatorios, Las hormonas que lideran los trances del amor conocen una fase de atrofia y raquitismo que puede hacerse epigenéticamente hereditaria. El individuo del futuro puede ser asocial y solitario no como producto de una decisión sino sustantivamente, desde lo más interior, por carecer de los impulsos eróticos que llevan al interés por el otro y a acoger a la especie. (de ello he hablado en http://vidasana.org/noticias/la-ecojusticiera-natural-la-extincion-del-eros)

La pérdida del lenguaje humano y su sustitución por un código estereotipado y funcional es otro gran mazazo a la organización física de la persona, el cerebro puede estar mutando por la falta de esos procesos de creación, igual que por la ausencia de trabajos manuales y esfuerzo físico que degradan tanto la psique como el cuerpo.

La desaparición de la capacidad simbólica que ha acompañado a la humanidad desde su origen, de la organización ritual de la vida y de la muerte, del sentimiento de trascendencia, del silencio, la meditación, el recogimiento, la observación del mundo y la aparición de una generación de individuos que viven de forma permanente conectados a las pantallas tendrá una traslación física, psíquica y espiritual en la evolución del linaje humano.

A todo ello hay que sumar la devastación del nicho ecológico de la especie, la destrucción natural es tan aterradora que no sabemos si habrá una morada habitable para nosotros cuando volvamos los ojos.

No es seguro que seamos capaces de volver a unir lo que hoy está separado pero lo que es indudable es que somos nosotros, esos seres dañados y achicados, los que tenemos que hacerlo. En el propio acto de asumir alguna parte de la enorme tarea pendiente iremos reconstruyendo la fuerza y los conocimientos para sostenerla (http://prdlibre.blogspot.com.es/2014/12/elogio-de-la-iniciativa-individual.html) .

Tendremos que aceptar el dolor, el sacrificio de lo accesorio y aún de lo importante, el agotamiento, la pérdida, la privación  y, sin embargo, seguir sosteniendo la vida  (http://prdlibre.blogspot.com.es/2015/03/integral-e-integradora-la-revolucion-y.html).

No aspiro a grandes movimientos para abrir estos procesos, el compromiso ha de ser personal e intransferible porque la fuerza de lo común hoy solo puede sostenerse en la potencia de lo individual.

 

 

Movilización, autoorganización popular y ética de la responsabilidad

(Félix Rodrigo Mora).

Fuente de la cita: http://esfuerzoyservicio.blogspot.com.es/2014/11/movilizacion-autoorganizacion-popular-y.html

Texto citado:

“Iglesia viva. Revista de pensamiento cristiano”[1], nº 259, recientemente aparecida, ha publicado el artículo con el título del encabezado, del que soy autor.

Es un trabajo de notable significación conforme a mi ideario por varias razones. La principal probablemente sea porque desarrolla la interpretación que preconizo sobre la centralidad del sujeto autoconstruido en los procesos de cambio social mejorante. El sujeto, el individuo real-concreto, es el centro, mientras que las estructuras organizativas desempeñan una función secundaria, eso en el caso de que sea positiva, que muy a menudo no lo es.

La interpretación mecanicista de la transformación social ha enunciado una historia sin sujeto y un presente en el que la calidad de la persona es nada. Con ello se pretendía, al parecer, crear una sociedad del todo perfecta y unos individuos patéticamente imperfectos. La experiencia ha demostrado que tal fórmula es una añagaza para construir sistemas totalitarios de horrida catadura.

El sujeto cuenta, y cuenta su calidad autoformada. En realidad, es lo decisivo.

El sujeto se hace y edifica a sí mismo, o se deshace y malogra. O se deja hacer desde fuera por los aparatos deseducativos, mediáticos, publicitarios, partitocráticos, etc. Si es hechura ajena renuncia a su libertad, mientras que si es obra propia la realiza. Pasar de ente nulificado, o ser nada, a persona demanda un arduo esfuerzo, a mantener durante toda la vida.

Para ello lo decisivo es la cosmovisión de la responsabilidad. Hacerse responsable, asumir deberes, admitir retos, encarar esfuerzos, aceptar riesgos, realizar servicios. No hay otro modo de ser persona que a través de la responsabilidad. Ese es lo sustancial del artículo arriba mencionado. A partir de ahí establece las ideas centrales sobre la significación del individuo en el cambio de las relaciones sociales.

Un sujeto de calidad, de virtud, es antagónico con el actual sistema de dominación, que demanda simples criaturas entregadas a producir y consumir, sin alma, meros brutos entregados a la codicia de los burgueses y al despotismo de los Estados. Por eso el proyecto de revolución integral pone un acento enorme en el sujeto, en la construcción pre-política del sujeto[2].

En esta materia queda muchísimo por elaborar, hasta alcanzar una concepción razonablemente completa y operante de qué es ser persona hoy y cómo efectuar su auto-construcción consciente. Pero, al menos, ya sabemos algo, que no hay cambio social sin transformación personal.

Ciertamente, el artículo citado es fundamental para concebir y realizar el proyecto de revolución integral, para alcanzar una sociedad libre, autogobernada y autogestionada, sin clase empresarial ni estructuras estatales. Esto hay que enfatizarlo cuando la banca y el Estado están ahora promoviendo con todas sus fuerzas, que no son pocas, a la nueva izquierda institucional que les va a servir de mascarón de proa para realizar sus planes estratégicos en los próximos decenios.

Por lo demás, el mencionado número de la revista que agrupa numerosos artículos bajo el título “Movilización ciudadana responsable” ofrece varios textos de interés, entre los que destacaría el que Teresa Forcades escribe como co-autora, y el de Enric Vilà, “Foro Europeo de Cristianos Homosexuales en Tallin”.

Ver artículo completo en: http://www.iglesiaviva.org/259/259-11-RODRIGO.pdf

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